JACINTO MARRALES, de Noelia Barchuk

A Jacinto, nunca se le conoció mujer. Al menos, una decente, quiero decir. Siempre anduvo en amores turbios, contrariados o clandestinos. Frecuentaba por las noches el bar “Tanguitos”. Se copeaba de lo lindo, y salía por la puertita del fondo aferrado a la cintura de alguna mina. Encaraban para las piecitas de alquiler, eso era todo. Después, cuando recobrada la compostura y los cabellos les quedaban prolijos, se retiraba del lugar silbando bajito…Vivía con la vieja, ¡Doña Ramona, no estiraba la pata nunca! Nadie sabía a ciencia cierta la edad ella, pero casi todos, aseguraban que había sido traído al mundo gracias a sus manos y al santo oficio de partera. Viuda prematura, los pretendientes futuros no fueron los mejores, y terminó quedando sola, cuidando a su único hijo.
La soledad que ambos compartían no amilanaba el dolor personal de cada uno. Su casa quedaba cerca de la plaza, y era una de las más modestas del barrio. Jacinto ya peinaba canas. Aún así no le hacía mella a la partuza ni al bailongo. Si habilidad para conquistar y casorearse con una buena dama le había fallado, la de arrimarse al fuego de alguna chirusa, no.
Era el carnaval del ’54. Llevaba el alcohol encima, la camisa arrugada más que un acordeón. Entró por vicio en Tanguitos para otear qué pintaba la noche. En una de las mesas, jugaban al truco. Voces, aplausos, chistidos, de todo un poco volaba desde allí. Pero a él nunca le habían interesado esos juegos de mesa. Le gustaban los burros. Concurría con cierta frecuencia al Hipódromo Argentino de Palermo. Miraba las carreras con entusiasmo, su preferido era Pachanela, caballo de propiedad de Hugo Del Carril. Sostenía que dicho animal era muy superior a Lunático. Este último era un alazán tostado ganador de muchas carreras y que tuvo como dueño nada más ni nada menos que a Carlos Gardel.
En fin, reojeó el resto del bar: puro cachivache, unas matungas mal pintadas que enseñaban las flacas piernas. Otros dos curdas lloriqueando prendidos a la botella de un tinto. Fermín detrás del mostrador con La Mamita; y la puertita del fondo entreabierta, con retumbe de jolgorios.
Esa noche no tenían músicos que tocaran, por eso la radio era lo único que ponía melodía a tango. De un momento, los primeros acordes de “Nostalgias” hicieron poner a Jacinto Marrales, sentimental. Recordó a su primera novia, Rosita. Tan sólo a ella invitó a la Confitería París, la única digna de un gesto de caballerosidad… pero de eso nadie nunca se enteró. Evocando su recuerdo, prendió un pucho tras otro. Fumaba cigarrillos 100% negros. Recién, cuando los “43” se habían acabado, regresó a la realidad. Se sorprendió que Amalia lo estuviera mirando.
Cualquier parroquiano hubiera preguntado “¿Quién era Amalia?”. Nadie la conocía por su verdadero nombre. Su alias, le había robado la identidad. La Mamita era
Amalia. Era la concubina del dueño del lugar, y manejaba el negocio de los cuartitos por hora. Ella, había sido una de las chicas de alquiler, hasta que Don Fermín perdió la cabeza por su belleza y la hizo su mujer.
Amalia, tenía un parecido con Beba Bidart. Una rubia cuyo carisma embrujaba a cualquiera. Pero tan solo en lo físico eran similares, porque Amalia no atinaba a dar una nota acertada en el canto. Nada que ver con el gorrión de Buenos Aires… De todas maneras, era tan preciosa que no importaba otra cosa.
La Mamita siempre había estado enamorada de Jacinto. Historia de amores truncos, todo se encontraba sepultado como su nombre verdadero. Al menos, eso parecía.
Pero era Carnaval. Los disfraces liberaban los sueños encerrados en la gente, las máscaras ablandaban los pudores. Todos abandonaban el bar para salir a la calle. De un momento a otro, “Como aquella princesa” emergía de la radio.
Amalia y Jacinto se fundieron en un beso de película. Esos besos que se veían en las pantallas de los cines únicamente. Alguien más los estaba observando. Fermín, contenía su rabia mordiéndose el puño derecho, jurando venganza.
Ajenos a ello, como si fueran dos jovencitos siguieron a los besos, que como preludio de los juegos del amor, desembocó en uno de los cuartitos del fondo.
Promesas, declaraciones, e ilusiones compartidas se hicieron presente entre las sábanas de los amantes. Se irían juntos, comenzarían otra vida, la vida que realmente ambos merecían. Llevarían hasta la viejita de Jacinto con ellos, todo planeado.
Al alba, Fermín ya tenía su venganza concretada. Sabía como si fuese un experto boxeador, dónde dar el golpe final. Ajusticiado su honor, iría a sentarse para ver pasar el dolor de Marrales por el frente de su casa.
Cuando Jacinto se enteró, el muerto quiso ser él. ¡Doña Ramona estaba muerta! Lloraba como un chiquilín. La abrazó queriéndola resucitar más de cien veces, hasta que se conformó con su destino.
– ¡Me mataron la vieja! ¡Me mataron la viejita! – repetía desconsolado.-
Doña Ramona había sido estrangulada. En uno de los bolsillos de su vestido, estaba doblado uno de los pañuelos que solía lucir Amalia.
En un santiamén, Jacinto comprendió todo. No dudó ni un segundo en buscar el arma y batirse a duelo con Fermín.
Como un sueño fantasmal, su rival ya lo estaba esperando en mitad de la calle central. Fermín vestía bien a lo guapo, como salido de una letra de tango. Lucía unas ropas finas, bien empilchado, como se decía. De pies a cabeza: con sombrero, camisa impecable, chaleco a rayas, pantalón en conjunto, un reloj que brillaba y los zapatos bien lustrados.
Jacinto se miró y estaba hecho un estropajo. Sentía que las rodillas se le doblaban y en el vientre como si tuviera una culebra. Escupió para el costado, y se limpió la boca de un manotazo. Se persignó y besó la medallita que colgaba de su cuello.
Uno, dos, tres,… se escuchó varios disparos. Gritos del gentío que apareció de la nada. Amalia que lloraba desconsolada sobre el cuerpo de Fermín mientras injuriaba a Marrales. La policía ya rodeaba a Jacinto. Las preguntas, las quejas, las dudas, el dolor, la traición de una mina… Todo macerado con el polvo del viento norte que se levantaba desde la calle de tierra…

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