¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR? de Noelia Barchuk

Áspera, irónica, saboreando cada sílaba como un papel de lija. La inconfundible voz de Andrés Calamaro, se inmiscuye en la intimidad de mi tarde. El pie derecho se mueve al compás de la música. Una mano hace bailotear la Bic, olvidando el ejercicio de estadística. Y pienso en la pregunta, por un nanosegundo creo tener la respuesta.

“¿De qué hablamos, cuando hablamos de amor?” Suspendo el juicio y recuerdo que no es novedad alguna el título de la canción. Reviso en mi memoria, rescatando el nombre de Raymond Carverd. En 1981 apareció este cuento, producto del gran ingenio y talento del escritor estadounidense. Referente de la corriente literaria denominada Realismo Sucio, el autor nos escupe un relato que llevaba entre dientes. Si, sale a la luz la mugre que se esconde debajo de la alfombra. Aunque prolijamente, se quiera tapar el sol con un dedo, a veces resulta imposible. ¡Booom! Revienta la olla a presión. El caldo de cultivo a base de serpientes y coles, emerge con su repugnante olor. Toda esta introducción, para hacerles el panorama de la historia. Una pareja. Un matrimonio cualquiera, en plena crisis producto de una infidelidad. ¿Qué se les ocurre hacer? Encerrase en unas de las habitaciones de alquiler de su propio negocio. Una suite, entre tantas para elegir. Se auto-amotinan, para beber alcohol y sacar los trapitos al sol. Resulta que él, la ha engañado con una mujer del servicio doméstico. El relato está narrado en primera persona, de la propia boca de Duane, el protagonista masculino. Convence de principio a fin, otorga al lector una participación cómplice. Siento que soy un voagyeur. Sonrío, solo he estado tomando mate, pero el Teache’rs parece estar contagiándome sus efectos. Toda la acción que se pudiera esperar, queda atrapada entre las cuatro paredes de la piecita. Hay una mención breve sobre dos vehículos foráneos que esperan, que miran hacia el interior. Por otra parte Holly, la protagonista femenina, en algún momento suelta “He perdido el control. He perdido la dignidad. Antes era una mujer orgullosa de mí misma”. Sus palabras se diluyen en la nada de su hombre, que en verdaderas cuentas, ya no lo es. Él reconoce cuánto amaba a Holly, pero se le cruzó entre los pantalones, Juanita. Y sin querer queriendo, terminaron enredados por todos los benditos cuartos del hotel. Pronuncio como saliendo del trance Juanita, y la imagen de Juana Viale aparece como la ideal tercera en discordia. Pero si hay que creerse el cuento a pie juntillas, vale decir que la Juanita del matrimonio destrozado, era mexicana. Así que deshecho la anterior imagen, y convoco a Salma Hallec a cumplir con el rol de manzana podrida. Eso, siempre y cuando tomemos partido manteniendo que “la otra” es la auténtica villana. En fin, palabras más palabras menos, (se va otro título de canción de Calamaro) apuro el relato. Me sirvo otro mate. ¡La pucha! Digo, porque malas palabras ni mentiras se decir… Se me cayó sobre el cuaderno. En el fondo sé que es una buena señal. En una de esas, apruebo el examen. Retomo el cuento, está muy bueno. Comienzan a recordar la juventud, los proyectos, el amor que se tenían. Luego cómo la desidia fue apoderándose de sus días, de sus vidas. De cómo lo ordinario fue tapando las cañerías de la relación. Óxido, pelusas, alimañas, que nadie quiso nunca limpiar. Los autos que personalmente imagino como patrullas, deciden largarse. Bien, todo indica que el fin no se hará esperar. Un hermoso final (desde lo creativo) sin puntos suspensivos pero con toda dicha intención. Nada queda expresamente claro. La conclusión la hallará cada lector. Como cada alma, descifrará con un poco de buena suerte el jeroglífico. ¿De qué hablamos, cuando hablamos de amor? Y surgen más preguntas que respuestas. ¿De perdón? ¿De lealtad? ¿De corazones que aman y sufren simultáneamente? Tal vez, ojo, solo digo tal vez no exista respuesta. Quizás sería cosa de hablar menos, y amar más.

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