UN VERANO de Noelia Barchuk

¡Qué verano fue aquel! Con mis amigos nos pasábamos el día entero en la playa. Un derroche de libertad combinada con sol, arena, agua. Ninguno tenía un peso partido en dos. Mas, cuando el precioso metal escasea, el ingenio se agudiza para salvar la panza. Pese a ello, nos divertíamos a lo loco.

Una mañana nublada conocí a Mimi. Se le había escapado la pelotita de paleta con que jugaba con su hermano. Confieso haber sentido ganas de robársela, me ganó la bondad y se la regresé de una. Ella ni las gracias me dio. Media vuelta y siguió su tonto juego. Para eso, mis compinches se desplomaban de risa ante el desaire. Es cierto que había ahorrado el agradecimiento, pero me había sonreído, y en ese rosario de dientes pude reflejarme. ¡La pucha! Yo era un asco; y el muy tonto me creía lindo. El tiempo restante de ese día, llevaba el ánimo por el suelo. Hasta que al próximo volví a encontrarla. Por suerte no estaba con el hermano, andaba sola. Tenía un traje de baño pasado de moda, pero no importaba, parecía buena gente. Se cuidaba la piel con protector solar, llevaba sombrero y una botellita de agua; que fue lo que se le ocurrió primero ofrecerme.
Después se animó, comenzó hablar sin parar como si hubiese sido muda toda su vida. Toda su corta vida, tendría por aquella época doce años. También yo tendría más o menos esa edad. Estaba un poco aturdido con tanto monólogo pero su voz era de terciopelo y me embriagaba con el aire costero induciéndome al sueño. Cuando se percató de ello propuso comiéramos algo. Me dejó solo. Al ratito regresó con muchas tonterías y devoramos todas. Casi todas. Me acordé de los flacos, les guardé un poco de fiambre y pan.
Así los días de sus vacaciones fueron pasando conmigo. Corríamos, nos metíamos al agua, mirábamos pensativos el atardecer, nos despedíamos hasta el otro día con algún mimo. La playa era nuestro lugar de encuentro.
Comenzó a invadirme una melancolía por saber que la despedida final no se haría esperar. Conocí a toda su familia: el papá un tipo panzón con cara bonachona; la mamá una flaquita que me miraba con desaprobación; los hermanos eran re onda. La Mimi, la persona más dulce que había conocido. Nos habíamos hecho buenos amigos. No se cómo ni por qué se fijó en mí ¡habiendo tantos mejores que yo!
La última tarde, les dije a los muchachos, que me partiría el corazón verla irse para nunca jamás. Ellos respondieron que tenía que ser fuerte. No era la primera ni la última. Simple anécdota de verano. Igual, fui a despedirla. Le llevaba un caracolito de regalo para que no me olvidase.
Para mi asombro, ella estaba igual de emocionada que yo. Le rodaban lágrimas por las mejillas. Nunca nadie había llorado por mí. Las piernas me temblaban, no respondían a mi urgencia por salir corriendo y olvidarme para siempre de esa niña.
Don Tito, abrazaba a su hija y le secó las lágrimas, sonriendo. Luego me miró y me acarició la cabeza.
– Dale Negro, venís con nosotros – Dijo, devolviéndome el alma al cuerpo.
Salté a los brazos de la Mimi y la besé como besamos los perros: lengüetazos por la cara. Los demás pichichus saludaban a lo lejos, yo prometía volver el próximo

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