PRIMER TANGO EN CHINA de Noelia Barchuk

Sus vidas se habían cruzado desde niños, cuando Lee Hee-Jin llegó junto a su familia desde Corea del Sur. Con Zhiaquiang Wu, sentían que había una conexión especial entre ellos. Desde pequeños se habían hecho amigos, al vivir en casas contiguas. Con el tiempo, la amistad dulce y tierna se fue convirtiendo en una gran pasión, que no solo abarcaba la emoción física, si no algo más.


Ese algo más, era un gusto extravagante, si se piensa en lo alejados que estaban de las costumbres argentinas. Ambos eran fanáticos del tango. Aquel género musical había cautivado de raíz a esa pareja. Al comienzo el tango se filtró a través de la percepción del oído. La sensualidad sonora de la melodía les recorría no solo el cuerpo, sino que además, parecía tenerle embrujada el alma.
Luego, como es de esperar, la pasión se corrió del primer eje y se extendió, como la gramilla por el campo. Se esparció por las piernas, como madreselva, por los brazos como hierbabuena, por toda la piel, como un musgo que lo quiere acaparar todo. El tango tenía hasta su propio aroma, ése que imaginaban emergiendo de las milongas descritas en los cuentos de Borges.
La imaginación, colmada con los sueños de juventud, motivó que Zhiquiang Wu  y Lee Hee-Jin, hicieran hasta lo imposible por llevar a cabo la gran empresa de aprender a bailar y a tocar tango.  Lee Hee-Jin, contradiciendo a sus padres, se inscribió en el conservatorio de música de Pekín. Su talento y disciplina hicieron que al cabo de pocos años, se convirtiera en una extraordinaria artista.
Los caminos se comenzaron a bifurcar para  Zhiquiang Wu y Lee Hee-Jin. Cada quién había cosechado el fruto esperado de años de esfuerzo. Pero, como suele suceder, no habían podido acompañarse en todo el proceso. Con los lazos del amor, rotos, cada uno era libre para continuar su vocación.
Zhiquiang Wu, se había establecido como bailarín y maestro de tango. Tenía una escuela donde dictaba clases para todas las edades. Había sabido aprovechar el boom del tango, que a mediados de la década de los noventa surgió en el país asiático. Su corazón albergaba el sueño de conocer Argentina, más bien, Buenos Aires, e impregnarse con todo lo que siempre había fantaseado sobre la cuna del tango.
Lee Hee-Jin, viajaba más frecuentemente, y residía por períodos cortos en distintas ciudades. La música era su gran compañera. Por ella, recorría lugares que nunca había pensado conocer, como pianista en una pequeña orquesta de muy buen estilo tanguero.
En el invierno del 2015, se realizaba el Mundial de Tango, en Argentina.  Durante el mes de agosto, se sucederían la semifinal y la gran final de tango, ya que la etapa clasificatoria se había organizado en otros puntos del globo. Zhiquiang Wu, aguardaba aquel momento cual niño la Navidad. ¡Por fin cumpliría su sueño! Tenía los pasajes, la reserva del hotel, su pareja de baile igual de ilusionada que él y dos asesores que oficiarían de traductores. Todo listo, todo perfecto, ganar o perder la competencia era lo mismo. Su sabiduría oriental ya tenía elaborada la sensación que el triunfo consistía en participar, máxima que muchas veces los occidentales no comprenden.
Lee Hee-Jin, también seguía de cerca la fecha del campeonato, pero con fines más turísticos, ya que se encontraría en plenas vacaciones. Disfrutaría de una maravillosa estadía en la Meca del tango. Junto a dos amigas compartirían unos días llenos de aquellos sueños que tenía desde joven.
Pero, al igual que la mayoría de las letras de los tangos, ambos penaban el recuerdo de un amor que los había marcado para toda la vida. A pesar, que el destino los había arribado hacia otros amores, ninguno había vuelto a enamorarse de verdad.
Aquellos días fueron un verdadero espectáculo. Zhiquiang Wu había obtenido el tercer puesto en la competencia. Su destreza en rubro tango de escenario había sido bien recibida y junto a su compañera llevaban el bronce a casa.
Lee Hee-Jin, aplaudía emocionada desde las butacas de la tribuna. Estaba feliz y desconcertada de estar viendo al hombre de su vida cumpliendo su sueño. No importaron los años que llevaban sin tener noticias uno del otro. No importaron las excusas ni las disculpas. Zhiquiang Wu y Lee Hee-Jin, se redescubrieron, enamorándose como los niños que habían sido alguna vez.
Le torcieron la mano al destino, como quien dice y escribieron una nueva vida en común, donde sin traicionar al tango, le pusieron música y letra feliz.

(*) Cuento ganador del Primer Puesto del certamen literario organizado por el Círculo de Amigos del Tango, edición 2016, Villa Ángela.-

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