Ilusiones de sábado de Noelia Barchuk

Típica mañana de sábado. Después del mate y los chipacitos, se dirigió a la peatonal, de mano izquierda con la intención de regresar por la mano de enfrente. Miró las vidrieras de cada uno de los negocios, de todos, aunque supiese que el sueldo no le alcanzara para comprar unas sandalias fucsia, preciosas, de ochocientos cincuenta pesos. Tampoco le importaba si se detenía a contemplar objeto fuera de su interés, como los de una casa de pesca. Es más, se preguntaba cómo podría considerarse deporte aquel capricho del hombre de capturar el surubí más grande, el más hermoso dorado ¡qué sabía ellas de peces! Pero aquellos tan populares se le venían a la cabeza. Criminales, pronunciaban sus ojos.

Prosiguió su camino y antes de entrar a la farmacia, se detuvo en la revistería, a intentar comprar la revista Ñ. Como era de esperar, aún no había llegado. Claro que sabía, pero insistía en corroborar la llegada de la misma.
Luego, entró a la farmacia polirrubro. Ahí perdía un poco el tiempo. Aunque, contrariamente, todo estaba diseñado para que tardase lo mínimo, ya se sabe, principios de eficiencia, previsibilidad y esa falsa cordialidad de los empleados.

Clara cargaba con el cansancio anticipado de la charla con amigas por la tarde. Escuchar sin ganas la misma ronda de quejas: que Pedrito sacó mala nota o le contestó a la señorita; que Nancy peleó con el marido; que otra vez la Pelusa se olvidó mandar a castrar la perra, pobre animal, de nuevo esperando cría. ¿Y ella? ¿Qué tenía para contar de nuevo? Nada. Por eso se limitaba a escuchar, virtud hoy en día caída en desuso. Todos hablan, es fácil. Pero ejercitar el oído, decodificar el mensaje en el cerebro y formar una opinión al respecto, era mucho más difícil. Eso dejando afuera la bondad o no de la persona. En síntesis, quiso sacudir la modorra y pensó en no ir. Mejor se puso a mirar la gran variedad de marcas de papel higiénico. Relación precio-calidad. Pero había más. Había para chicos, con dibujitos. Para pieles delicadas, con aloe vera. Para exigentes del buen gusto, con flores amarillas.

Luego, husmeó entre las pastas dentífricas y en tanto su mano extendida tomaba unas de las cajas rectangulares de la estantería, tuvo la impresión que alguien la observaba. Giró su cabeza 180°. Parecía estar equivocada. Alzó en simultáneo los hombros y dobló al pasillo siguiente; allí la esperaban gran variedad de tesinas. Té para adelgazar, contra flatulencias, para fortalecer el sistema inmunológico… ¡y muchos más! Entonces fue cuando Clara sintió que forzar la vista era un disparate y sin más sacó de la cartera sus anteojos.

Otra vez sobrevolaba la idea de que había alguien que seguía sus pasos. En efecto, se encontró con unos ojos negros preciosos, decorados por tímidas arruguitas, pestañas y cejas espesas. Se ruborizó. Bajó la mirada e intentó concentrarse en la promesa de un té afrodisíaco. Dio media vuelta y cargó en el canastito de compras, un frasco de miel. Su figura mantenía atrayendo la atención de aquellos ojos, vale decir que se trataba de un hombre. Clara daba dos, tres pasos y volvía a tropezar con el hombre de ojos negros y mirada intensa. Comenzó a ponerse nerviosa. El pulso aceleraba como un auto a toda velocidad. Caminaba por el pasillo de los perfumes. Tomó uno de los probadores y su muñeca recibió un disparo del spray muy almizclado. Pensaba qué querrá ese sujeto. Fabulaba posibles palabras para iniciar la conversación. Se sentía escrutada de manera dulce e insolente a la vez. Porque aquella mirada la desvestía, no solo de ropa, sino de prejuicios. ¿Por qué no? Podría ser el principio de un romance o más aún: de una historia de amor…

Así Clara recorrió todo el gran salón de ventas. Llevaba alguna que otra cosa fuera de su lista y fuera de la necesidad, atontada por el extraño individuo. Cerca de las cajas, se distrajo un momento y lo perdió de vista. Pagó su mercadería, con cambio y las moneditas exactas solicitadas por la cajera. ¡Ay! Ya tenía que irse. La mueca de su boca hablaba por ella. ¿Dónde estás “ojos” de mi vida que no te puedo encontrar? Su rostro retomó el contorno feliz al verlo nuevamente. Y lo perdió de inmediato al tenerlo enfrente, cuando le solicitó que por favor le mostrara la cartera.

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